Las 10 tribus urbanas por las que todo treintañero ha pasado

Las 10 tribus urbanas por las que todo treintañero ha pasado

Quizá sea porque miro a mi alrededor con ojos de treintañera, pero parece que para los adolescentes y posadolescentes el molar es una cuestión cada vez más estandarizada. Mucha marca, mucha zapatilla y mucha gorra de diseño, sí, pero, salvo excepciones, todos juegan en el mismo bando. La tribu urbana ha muerto. El rapero se confunde con el hipster, las camisetas de grupos se llevan con tacones y bolsos de mano, y el pijo ha cambiado el pantalón caqui de pinzas por el tejano pitillo. Hasta los hippies tienen rasgos de rockeros. Eso sí, la cosa viene de lejos.

Cuando éramos jóvenes también había, como ahora, ciertas marcas necesarias para pertenecer a la élite del instituto, pero la guerra no se resumía en quién se compraba la ropa más moderna. La batalla era mucho más profunda: vestirse era posicionarse. Era disfrazarse de los pies a la cabeza de algo que no sabíamos muy bien qué era pero cuya esencia defendíamos a muerte. La tribu urbana marcó nuestra adolescencia, pero como estos son años de búsqueda y cuestionamiento de la identidad, cambiábamos de una a otra en el tiempo que tardábamos en pasar de curso.

Al final, a fuerza de querer ser de todas, los códigos acabaron contaminándose y dando lugar a especímenes indumentarios de lo más ridículo. Así, “Yo he sido de todo” es un enunciado que suele escucharse en cualquier charla de colegas sobre tiempos mozos. Que levante la mano quien no haya pasado por, al menos, dos de estas tribus:

1. Bakalas: no hacía falta vivir en la costa levantina. Algunos ni siquiera necesitaban escuchar “bakalao”, ese concepto tristemente en desuso. Lo importante era la actitud que acompañaba al estilismo. Coleta alta con dos mechas sueltas del flequillo (decoloradas en las más atrevidas), botas de montaña, camiseta ajustadísima y ombliguera, pantalones campana sin bolsillos traseros y plumas o bomber marca Alpha Industries. Ellos combinaban chándal de botones laterales con polos o camisetas con el nombre de la discoteca de turno y llevaban un peinado aberrante que consistía en rapar la cabeza y dejar el flequillo engominado hacia arriba a modo de corona. Gafas Arnette para ambos, gesto de enfado perpetuo, piernas separadas al caminar y brazos en jarras. El terror de la discoteca light.

La estética del bakala acogió a personas de procedencia o gustos dispares. Alguien podía vestir de esa guisa y pertenecer al club de fans de Camela, o ir al concierto de la boyband de turno o peregrinar hasta el garito techno del polígono industrial más cercano a darlo todo. A finales de los noventa llegaba el momento decisivo que marcaría las vidas de todos los bakalas: los que decidieron seguir apostando por su tribu derivaron hacia lo que hoy se llama cani o choni, los demás, siguieron su camino hacia otros estilos (e identidades).

Las 10 tribus urbanas por las que todo treintañero ha pasado

2. El metrosexual bakala: Después del tunning, el gimnasio fue el hobby predilecto de los bakalas (y ahora lo es de los chonis). Por eso a muchos el nacimiento del concepto metrosexual les pilló levantando pesas o midiéndose los brazos y decidieron aprovechar la nueva moda. Se depilaron las cejas, se metieron en la cabina de rayos UVA (o en el peor de los casos, le dieron al autobronceador), se compraron camisas de color pastel y se las abrocharon hasta la mitad. Cambiaron los aros por los brillantes, gastaron kilos de cera en imitar la ridicula cresta capilar de David Beckham y se echaron a las calles creyéndose los líderes de la elegancia.Cambiaron el techno por “lo pachanguero”, a Máxima FM por Cadena Dial y el Dyc con Coca Cola por el mojito de frambuesa. Muchos se empeñaron en negar la muerte de la metrosexualidad, y hoy siguen vivendo como hace diez años, entre el gimnasio, la discoteca del paseo marítimo y el salón de belleza. Ahora, sin embargo, se les llama tronistas.

3. El hiphopero bakala: el rap español impregnó a todas las tribus y caló en todos los institutos. Hasta los bakalas rimaban en sus ratos libres.Quíen diría que muchos pros del movimiento, con sus pantalones Dickies y sus sudaderas de Ecko, llevaban el curso anterior camisas ajustadas de Lonsdale. Aunque si lo pensamos, tiene sentido: para alardear, fingir autoridad y demostrar chulería por los pasillos, ahora había que llevar pantalones anchos.

4. El metalchandalero: por definición, el enemigo acérrimo del bakala. Podías ser amigo de alguien con cabeza rapada y camisa de cuadros pero en tu fuero interno y en tu armario, sabías que tus principios eran otros. Vestías pantalón de chándal, zapatillas deportivas de marca blanca (porque el no logo era tu emblema) y llevabas camisetas de Slipknot, Offspring o Bad Religion. Bebías cerveza o kalimotxo y pensabas que el parque era mucho mejor que cualquier discoteca. Si eras el líder del grupo era porque, seguramente, sabías cómo usar un monopatín y vestías (sin saberlo) como un personaje de Gus Van Sant. Comías pipas y fumabas porros y, sobre todo, creías que tus aficiones eran culturalmente más elevadas que las de cualquier bakala porque tú leías libros.

Las 10 tribus urbanas por las que todo treintañero ha pasado

5. El hiphopero metalchandalero: que, uno de esos días sentado en el parque comiendo pipas descubrió la importancia cultural de SFDK, CPV o Violadores del Verso. No le hizo falta cambiar mucho su armario, ahí estaba el chándal y la sudadera, pero ahora la ropa le importaba más. Necesitaba marcas americanas y calzoncillos a juego, sudaderas de mil colores y, por supuesto, cordones fluorescentes para customizar a diario sus Vans. Sólo había algo más importante que los cordones de las zapatillas para un rapero metalchandalero: inventarse un pseudónimo y una firma molones y tener la maña suficiente para estamparla en paredes, bancos y cabinas de teléfono.

Las 10 tribus urbanas por las que todo treintañero ha pasado

6. El perroflauta: a los coleccionistas de camisetas de Green Day y a los coleccionistas de rastas con cascabeles siempre les ha separado una fina línea. Ideológicamente eran bastante similares, aunque los perroflautas siempre fueron mucho más activistas. Era común verlos juntos haciendo botellón mientras tocaban el djembe o bailaban las cariocas, pero un metalchandalero de pro nunca se habría vestido con el que ha sido, es y será, el color favorito del perroflauta: el morado.

Después Offspring y Nine Inch Nails pasaron de moda (en lo que a estética se refiere) y muchos abrazaron el perroflautismo. luego fue el propio color morado, junto con toda la parafernalia venida de la India, el que pasó de moda, y los perroflautas empezaron a vestirse como montañeros y a encumbrar a Quechua como la marca del nuevo milenio.

Entre tanto, muchos metalchandaleros con síndrome de Peter Pan se empeñaron en seguir siéndolo, y cuando se dieron cuenta se juntaron con esa otra tribu entre lo cursi y lo gótico que los jóvenes de generaciones posteriores llamaron emo. Pero esa ya es otra historia.

7. El pijo: existieron, existen y seguirán existiendo, pero antes no se camuflaban. En todas las clases, públicas, privadas o concertadas, había un pijo. Camisa color pastel de Burberry o Ralph Lauren, pulsera con la bandera de España, mocasín y pantalón chino o, en su versión femenina:mechas con la raya a un lado, pashminas, botas altas de lycra, perlas en las orejas y jerseys con camisa. Lo de subirles los cuellos era una cuestión unisex. También lo era el extremo cuidado con el que trataban sus melenas. Bebían cócteles o combinados de Martini en discotecas de esas que siempre se mencionan en los programas de corazón. Escuchaban El Canto del Loco y éxitos dance y deseaban con todas sus fuerzas cumplir la mayoría de edad para ir a la facultad de ADE montados en un Polo.

Sin embargo, con el cambio de siglo, ellos comenzaron a dejarse el pelo largo y la barba de tres días, coleccionaron pulseras y se atrevieron a optar por camisetas en lugar de camisas. La esencia del pijo seguía siendo inquebrantable, pero ahora había cambiado el envoltorio.

Las 10 tribus urbanas por las que todo treintañero ha pasado

8. El pijo surfero / skater: a diferencia de algunos raperos y muchos metalchandaleros, ni practicaba surf ni montaba en monopatín, pero eso era lo de menos. Lo importante en aquel momento era llevar el pelo cuidadosamente despeinado, ponerse horribles collares de bolas de colores, comprarse la camiseta de Quicksilver cuatro tallas más pequeña y cambiar el naútico por las Converse. Quizá quisieron dar una impresión de modernidad con semejante atuendo, pero todos sabíamos que vivían en barrios bien y miraban por encima del hombro al resto de sus compañeros.

9. El pijo metrosexual: a diferencia del bakala con cremas, el pijo tuvo una idea más viejoven de la metrosexualidad. Nada de depilación o tatuajes, y mucho menos de espaldas cuadradas. Chaqueta, pantalón pitillo, zapatos de ante, camisa estampada y greñas sedosas. Una especie de dandismo pasada por el filtro del terrateniente con guiños a los cantantes británicos de los primeros dosmil.

10. El moderno, vértice de todas las tribus anteriores. Muchos metrosexuales se compraron gafas y sombreros borsalinos. Muchos metalchandaleros se hicieron con polos de rayas. Hasta los bakalas llevaban bolsos de tela. Primero el moderno se manifestó en su forma popera, se llenó la chaqueta de chapas, se compró un abono para el Contempopránea e intentó aparentar fragilidad aunque midiera dos metros y pesara noventa kilos. Después aquello derivó en esa amalgama llamada hipster que hoy abriga a cualquier tipo de individuo que no vista como sus padres.

Junto a la frase “yo he sido de todo”, que todos los treintañeros hemos oído en una conversación sobre nuestra adolescencia, hay otro mantra que nunca falla en este tipo de temas:

—¡Madre mía, Fulanito se ha hecho moderno!

Comentarios

Comentarios

¿Nos ayudas con un "Me gusta"?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *